martes, 6 de junio de 2017

Josep Pla entrevista a Ramón Gómez de la Serna (Destino, 1958)


Calendario sin fechas
Por José Pla
Ramón Gómez de la Serna en Buenos Aires
ME he encontrado con Ramón Gómez de la Serna en Buenos Aires, exactamente en el vastísimo café que ocupa los bajos del Hotel Richmond, calle de Florida. Con el escritor estaba su esposa, la escritora argentina de raza judía Luisa Sofovich. La pareja estaba en un rincón un poco al reparo de la turbamulta que circulaba, entraba y salía del establecimiento.
¡Querido Pla, cuánto tiempo sin verle! Siéntese. ¿Qué quiere usted tomar? Le sugiero mi bebida preferida: el coctel de los negreros del sur de los Estados Unidos: whisky, champaña y esta hierba puesta en remoto en el líquido, una hierba intensamente perfumada que parece hierba-buena. La tomo con paja. Es muy bueno. ¿Y qué me dice usted? Yo vivo en la nada, en la pura nada. Es la palabra que nos gusta más a los españoles Todo es nada. Nada. Vivo solitario, recluido. A veces paso tres semanas sin salir de casa. No quiero ver a nadie. He ido a ver al embajador, que ahora es Alfaro Polanco, poeta que fue recibido en Pombo hace muchos años. Fui a ver al embajador para pedirle permiso de no ir a la Embajada y relevarme de las obligaciones que tenemos contraídas con Cristóbal Colón. Trabajo, por la noche como siempre Y de pie, como siempre. En eso soy tradicionalista. Le diré que acabo de recibir una carta de Camilo José Cela. Si, Cela me ha escrito. Me dice que debo entrar en la Academia. Me ha sorprendido Yo no sé si debo entrar en la Academia. En la Academia se muere mucho, se muere dentro, mucha gente. ¡Lagarto! No podría ocultarle que en la docta corporación hay unos personajes de una enorme ancianidad verdaderos lamas del Tíbet. Pero también hay personas más jóvenes. Y estos son los que mueren en la Academia. Yo no sé dónde moriré. Probablemente aquí. Tengo la absoluta convicción que no vendrá nadie a mi entierro. Lo que usted oye: nadie. Es decir vendrá detrás del féretro uno de estos perros que asisten a los entierros que no son concurridos, a los entierros solitarios. También barrunto que Marañón, que está en todo, tiene el proyecto…
Ramón Gómez de la Serna está sentado rígidamente en la silla, con un aire de muchacho modosito. Lleva una corbatita de lazo y un traje gris. En otros momentos de su vida estuvo, más gordo, más gordinflón. Ahora parece contener menos viento. El pelo, lacio y sedoso, se le ha vuelto del color del cabello que tenía Ricardo Calvo, un color de pelo de jamona, reiteradamente teñido de rubio azafrán. La carne de la cara es fresca y sonrosada, carne de bebé un poco entrado en años. De tarde en tarde sopla la cañita. La presencia del alcohol le aviva los ojos y a veces parece que la lengua no le cabe totalmente en la boca. Está muy animado, habla sin cesar y, sin embargo, se desprende de su figura un aire de fatiga y de tristeza. Parece como si estuviera cansado de perseguir la agudeza. ¿Para qué? Todo es nada. La señora Sofovich, morena, pálida, de cabello negro, admirable dentadura, come cacahuetes, almendras y avellanas y tiene delante un jugo de tomate helado. Cuando Ramón dice uno cosa divertida, se ríe estentóreamente.
Querido Pla, he de comunicarle una noticia. Mis libros no se venden. No se venden nada, cero: lo que le digo, cero. Si supiera usted el número irrisorio de ejemplares que se venden de mis libros, tendría un disgusto y porque usted es un viejo amigo no se lo digo. Le decía que barruntaba que Marañón, que está en todo, desearía que me dieran uno de estos premios que ha instituido March ¿Pero cree usted que yo debo de tener uno de estos premios? A mí, en realidad, no se me da el dinero. Es un hecho incuestionable, axiomático, definitivo. Una vez me contrataron o dar unas conferencias en Santiago de Chile, en la Universidad de Santiago. Para llegar tuve que atravesar los Andes, ¿me entiende usted? ¡Digo los Andes! Yo he pasado los Andes, sí señor, ni más ni menos. Doy las conferencias y resulta que la consignación que había para ellas había sido invertida en la calefacción de la Facultad de Farmacia. No. No se me da el dinero. Otra vez fui a Mendoza a dar en la Universidad de allá otras conferencias. La primera versó sobre Edgar Allan Poe. Cuando lo terminé, me llamó el rector y me dijo que mi peroración había sido un elogio excesivo del alcoholismo y que convenía que me reportara… La conferencia no había tenido nada de esto. ¿Pero cómo hablar de Poe sin hacer una referencia al alcohol que el poeta ingirió en su vida? De aquí nacieron unas diferencias, tuve que modificar mi plan y substituir el alcohol por el consomé y el caldo de gallina. No. El dinero no se me acerca. Pasan los días, los años, ha pasado lo vida y el dinero continúa siendo para mí un mero pretexto de conversación. Me piden colaboración los diarios y revistas, mando los artículos, ilusionado, voy al correo con mi señora a certificar la carta, los artículos se publican y luego ni me mandan el dinero. Por fortuna mi amigo Ramos, jefe de prensa de la Embajada me ha ayudado en estos asuntos tan complejos. ¡Qué excelente persona es Ramos! ¡Cómo le quiero! ¡Cuántos favores me ha hecho! Y aquí me tiene usted. Hecho un español de cuerpo entero: soy una mezcla de prócer, de mendigo y de pícaro. Es lo que somos todos, en definitiva. Yo vivo ahora, prácticamente, de América. Escribo para la cadena de periódicos de la señora Maurin, de Nueva York, y coloco algún artículejo en Bogotá o donde se tercia. Me mandan algunos dólares. Cuando el peso baja me dan más dinero, ¡Qué curioso! Continúo siendo caprichoso: a veces me enamoro de alguna cosa absurda y la compro a pesar de mis aprietos. Aquí tengo un piso lleno de cosas fantasmales y divertidas. Viajo poco por la Argentina. En la Pampa hay demasiado polvo, en verano hay mosquitos y a veces te le mete a uno un bicho debajo de la piel, sin que uno se dé cuanta. Es cuando el bicho está dentro que las cosas suceden. Me precio de tener vista. A veces paso con mi señora delante de una vidriera y le digo: «Este objeto tiene valor». Al día siguiente, volvemos a pasar: el objeto ha desaparecido. Los libros, la venta nula de los libros es obsesionante. Y. sin embargo, tengo en Alcoy un amigo empeñado en editar mis obras completas, cuatro volúmenes de más de mil páginas coda uno, papel de biblia. Yo le digo: «¡Por Dios no lo haga. No publique mis obras completas. Se arruinara de una manera total y definitiva. No publique mis libros por los clavos de Cristo!» Y sin embargo está dispuesto a ello. ¿No es extraño? Absolutamente indiscernible. También parece existir el proyecto de sugerir a los escritores que escriban artículos pidiendo mi regreso a España. Pero en España ¿cómo podremos defendernos? ¿Se pretende someterme a la prueba de vivir del agua del Lozoya y del aire del cielo? Se escriben artículos sobre mí, pero mis libros no se venden; están siempre en depósito, sumidos en un sueño eterno. Por fortuna, pude ir a España hace pocos años y esto lo debo al Generalísimo. Parece que en Consejo un ministro preguntó si yo debía ir y que el Generalísimo contestó que sí. Fuimos muy bien recibidos. Nos dieron los billetes y unas pesetas. Fuimos agasajados. Fuimos a Barcelona y a Madrid. Barcelona es la rubia y Madrid la morena. Todo magnifico. Estando en Madrid, considere indispensable ir a dar las gracias a Franco. Se lo dije a Rocamora ¿Pero cómo hacer sin ropa protocolario decente? Pasé por encima de todo, alquilé un chaqué, un chaleco, unos pantalones y un sombrero y me presenté en El Pardo, decente. Comprenderá: tenía que hacerlo. Era lo menos que podía hacer. E1 Generalísimo me dijo que pensaba fundar una escuela para mandar gente culta a América. La idea me pareció bien. Fue una entrevista memorable, de la que guardo un grato recuerdo. Pero los escritores, ¡qué pena! ¡Haber tenido que alquilar un trate para ver al Generalísimo! Nuestra pobreza es excesiva. Sitges me gustó mucho. Creo que podría vivir en aquella ciudad. Me encantó, además, el clima. Pero observe, en el curso de nuestro viaje, que si los primeros días de nuestra estancia estuvimos rodeados de gente, a medida que fueron pasando los días, el grupo se fue adelgazando y disolviendo. El interés, sospecho, fue decreciendo. Cuando tomamos el barco de Bilbao, para regresar aquí, nadie nos despidió. Nos marchamos en una soledad total, completa. Todo es nada, amigo Pla. Vivo en la nada, en una nada de unas proporciones inmensas.
Todavía habla largo rato Ramón Gómez de la Serna en el café del Richmond. Se celebraba una fiesta familiar en las mesas de al lado. El ruido era excesivo.
Es —dijo Ramón— una despedida, je, je, de soltero...
Y después me fui con un estado de ánimo lóbrego, de una pesadumbre difusa y vastísima.

Destino, 1958. Nº 1071, p. 12.

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