viernes, 8 de diciembre de 2017

Entrevista de Josep Massot a Philip Levine (La Vanguardia, 6 de junio de 1991)


Entrevista a Philip Levine, poeta estadounidense
El poeta tiene la misión de decir la verdad entre tantas mentiras
Philip Levine (Detroit, 1928), uno de los poetas más celebrados en Estados Unidos, participó ayer en los encuentros que organiza el Instituto de Estudios Norteamericanos. Josep Massot (Barcelona).
-El desconocimiento de la poesía contemporánea de EE.UU. fue lo primero que lamentó el nuevo poeta laureado. Brodsky...
-¡Olvídese de lo que dijo Brodsky! Él sabe muy poco, si no nada, de poesía norteamericana: él mismo traduce sus poemas al inglés. Es un incompetente. En sus temas parece tonto y en la forma de ejecutarlo, infantil. Siempre vamos al Este a encontrar a un hombre blanco para que sea poeta laureado, pero nunca llegamos suficientemente al Este.
-¿Puede dibujar un panorama de lo que se hace allí?
. -Hay una escuela que deriva de Whitman; otra, de la escuela británica del XVII; otra más mantiene la escuela de Pound. Pero la que sigue teniendo una influencia más intensa es la de W. C. Williams. Claro que unos y otros no se hablan, y esto es saludable. Pero hay otras, que representan el carácter étnico, como la poesía chicana, la “spanglish”, la africana y la feminista. Para los que no hacemos poesía suburbana, hay una influencia creciente de Paz, Vallejo, Milosz, poetas chinos...
-Usted dice que está intentando traspasar al inglés lo que hacía Machado, ¿qué le interesa de él?
-Lo que me interesa de Machado es la pureza de la dicción, la simplicidad del mensaje y una musicalidad que no se encierra en sí misma. Yo no vivo en el mismo mundo que vivía el, pero en muchos de sus poemas vuelve a los lugares de su pasado, casas en que vivió, y las encuentra cambiadas; un cambio es una espina en el corazón. Para un americano de 63 años es imposible volver a las casas que habitó, ya no existen.
-¿Poesía de la memoria?
-Sí, veo al mundo desapareciendo delante de mí. Una de mis funciones es la de rescatar gentes y lugares de la destrucción del tiempo.
-Al contrario, pues, que Whitman, que cantaba el progreso.
-Porque Whitman era hijo del siglo XIX. Vio el tren como un símbolo de progreso y no hubiera podido ni soñar que estos trenes llevarían las tropas a matar indios. Hubiera alabado el avión, pero si hubiera vivido suficiente tiempo, ¿qué hubiera dicho de Guernica, de Hiroshima? Yo he vivido más tiempo y no puedo tener su optimismo.
-¿Niega, pues, el futuro?
-Sugiero la revisión del uso de la tecnología. Puede llevar a la destrucción y, también, tengo 63 años y sin ciencia estaría bajo tierra.
-¿Qué papel desempeña el poeta en EE.UU.?
-Mientras venía en el avión, leía un diálogo entre Gore Vidal y Norman Mailer. Vidal decía que la frase “famoso escritor americano” no tenía sentido. Madonna, Bush, las estrellas del rock, son famosos, ni siquiera Norman Mailer.
-La poesía como género, ¿tiende a desaparecer, porque el cine, la novela han vampirizado sus registros?
-No. Creo que han cambiado la poesía, pero también la han enriquecido. La poesía toma prestadas técnicas del cine, la idea de dos narraciones que van una al lado de otra, la idea de interrupciones repentinas, del montaje. Ahora ya no tendemos a escribir tanta poesía narrativa como hacíamos antes y la poesía es más interna, se ha revisado la calidad de la poesía.
-Tras la beat generation, ¿hay, pues, una vuelta al rigor formal?
-La falta de rigor en los beat es verdad si hablamos de los clowns, de los poetas de segunda fila. Si hablamos de los mejores, como Ginsberg o Gary Snyder, estamos hablando de una poesía muy artística y muy sofisticada. Si hablamos de Ferlinghetti, de incompetencia.
-¿Tiene futuro la poesía?
-Cuando en mi país todos los ciudadanos están inundados por mentiras, por la política, por ministros de todas la iglesias, los diarios, la televisión, alguien ha de rescatar la lengua, devolverle la precisión, decir la verdad, acordarse de que es precisamente el lenguaje lo que nos hace humanos y ser testigos de lo que realmente está pasando.
-Antes se dividía la literatura americana en “rostros pálidos” (James, Pound) y “pieles rojas” (Whitman, Williams). ¿Y ahora?
-Ahora se divide entre “lo cocido y lo crudo”. Ginsberg es el rey de los poetas crudos, todo parece fácil. El rey de los “cocidos”, muy culto, extremadamente formal, difícil de penetrar, era Robert Lowell.
-¿Más que Stevens?
-Stevens sería “muy hecho”. Por la perfección de la superficie.
-¿Y usted?
-¿Yo? “Al dente”.

La Vanguardia, 6 de junio de 1991, p. 50

jueves, 7 de diciembre de 2017

"El retorno a los sesenta" de Luis Racionero (Blanco y Negro, 3 de enero de 1993)


EL RETORNO DE LOS SESENTA
HAN pasado más de veinte años desde 1968[.] El fenómeno «hippy», contestatario, ecológico, político, sexual de ese momento se nos aparece no como una moda cultural más, sino como la única propuesta seria después del existencialismo de los cuarenta. Con una distinción original: era la primera vez que los jóvenes tomaron, la iniciativa por sí solos. El existencialismo, el dadaísmo o el marxismo eran propuestas de pensadores angustiados, artistas histriónicos o economistas concienzudos que necesitaban convencer a una masa para convertirse en movimiento. El sesenta y ocho tuvo su origen y motor en los propios jóvenes, que protestaron con su estilo de vida alternativo y sólo luego buscaron en pensadores libertarios y tradiciones culturales exóticas el apoyo a sus actitudes vitales.
El sesenta y ocho no fue una rebelión de ideas, sino de vivencias: no se protestaba con argumentos, sino con formas de vida nuevas, chocantes, incompatibles con el «establishment»; no se invocaba el amor libre, se practicaba; no se discutía la Universidad, se [la] abandonaba; la sociedad establecida se criticaba marginándose. Obras son amores y no buenas razones. Quizá en esta honestidad vital de los «hippies», en este su envolverse plenamente en la experiencia en lugar de palabras, resida la fascinación que ejercieron sobre mí y el respeto curioso que ahora despiertan en la generación siguiente, una vez superado el natural e inevitable desprecio que cada generación siente por la de sus padres. Entre el sesenta y ocho y el noventa y dos no ha surgido ningún movimiento que supere a los «hippies» en originalidad, contenido y potencial de cambio social.
El azar quiso que ganara una beca Fullbright para doctorarme en urbanismo en la Universidad de Berkeley, en 1968 y 1969. Me tocó vivir de primera mano, en el centro del ciclón, aquellos años locos; gentes que lo vivieron desde aquí o que lo han conocido luego me preguntan a menudo de qué iban los sesenta. A veinte años vista, el sesenta y ocho se yergue como lo más importante que ha pasado culturalmente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Es como una cima que separa dos vertientes de aguas. En el sesenta y ocho acaba la cuenta del pensamiento materialista dialéctico que lo basa todo en el cambio social y comienza una mentalidad individualista que da prioridad al cambio personal. Porque quienes nacimos después de la bomba atómica no podemos mirar al mundo como una mera lucha de clases, sino más bien como una astronave averiada y con pilotos neuróticos.
Los «hippies» buscaban sus raíces. Como no podían aceptar las de su entorno, que rechazaban, debían irse hasta el futuro, a utopías tecnológicas, tipo Buckminster Fuller, o hacia el pasado. Pero, ¿cuál es el pasado de norteamericanos que renuncian a la idea puritana de los colonos?: los indios. ¿Pero pueden los jóvenes del sesenta y ocho sacar algo en claro de los apaches, los comanches, los sioux, ni siquiera de los hopi? Ésta fue una de las barreras que estancó la corriente «hippy». Su subconsciente colectivo alternativo, el espíritu de la tierra que ellos buscaban lo poseían los indios americanos. De ahí la fascinación por Las enseñanzas de Don Juan y demás libros de Castañeda. Pero, ¿cómo conectar con los indios? Vida sana, tiendas de campaña, niños a la espalda, vestidos de arte, sí, pero no bastaba para construir una cultura alternativa, la cultura contracorriente o «contracultura», como luego se ha llamado,
Había otra salida que se intentó, el viaje a Oriente. Buscar las raíces de la nueva cultura en la tradición oriental. De ahí el viaje a Katmandú, el estudio del zen, las sesiones de yoga. Pero ¡qué difícil compaginar estos elementos orientales con el entorno tecnológico americano! Tampoco fue posible. Al final las aportaciones del sesenta y ocho han quedado en una superficial -aunque no desdeñable- suavización de las puritanas costumbres norteamericanas: cosas inaceptables en los cincuenta se convirtieron en normales en los setenta. El país se relajó un poco y supongo que ha sido positivo. Pero no es lo que pretendían los «hippies», que querían cambiado todo, «destruir el sistema» y volver a empezar una vida sobre bases comunitarias, ecológicas, hedonistas. Phil Slater en The Pursuit of Loneliness lo explica muy bien, comparando las ideas fuerza de las dos culturas, la establecida y la propuesta, que chocaron en el sesenta y ocho.
Para mí, que venía de Europa, el problema se complicaba aún más, pues encontraba el ruralismo pionero de los «hippies» demasiado primario. Si lo americano normal nos parece ya un tanto burdo y carente de refinamiento, aquella búsqueda hacia una mayor naturalidad de los «hippies» me lo ponía francamente difícil. La pregunta era: ellos buscan sus raíces en los apaches, pero ¿dónde las busco yo? Supongo que así fui a parar a los trovadores -nuestra cultura «underground» abortada por los bárbaros del norte- y a la tradición hermética de Ramón Llull y San Juan de la Cruz, equivalente europeo al zen y al hinduismo. ¿Se logrará algún día integrar en la actual cultura europea la tradición hermética y el sueño de los trovadores? Para mí es un proyecto pendiente. Aquí, en el Mediterráneo, no podemos buscar en Cochise o Jerónimo, sino en la poesía fresca y humana de Ramón Vidal y Beatriu de Día, próximos al solaz de la alondra y al gozo de los pájaros, cuyo misterioso lenguaje evocan los místicos.
Los sesenta nos obligan a hablar inevitablemente de la Beat Generation. Es un término que se le ocurrió a Jack Kerouac: en 1948 te estaba contando a John Clellon Holmes el modo cómo andaban por Times Square los «hipsters» y dio con el término Beat Generation, «beat» significa ritmo, en el sentido que marca el ritmo el batería de «jazz». Era natural que la generaron se definiera por un término musical, pues todos ellos debían mucho al «jazz» no sólo como música oída, sino como pretexto de lugares y ambientes donde se encontraban a gusto. Y no tenían muchos lugares donde encontrarse a gusto estos poetas que detestaban el materialismo conformista de la victoriosa América de la posguerra.
En Barcelona, los progres de los cincuenta nos teníamos que meter en la cava de la calle Parlamento y en el Jemboree de la plaza Real a oír «jazz»; en Nueva York en los cuarenta y en San Francisco en los cincuenta, los poetas se refugiaban en las cavas de «jazz». Era un último mimetismo -que América ya no repetiría después- hacia los intelectuales, existencialistas en este caso, de corte europeo. Aún Rimbaud influye en Ginsberg y Lamantia es discípulo de André Bretón en Nueva York durante la guerra. Los «beats» son un «remake» de las cavas existencialistas parisienses. Es la última vez que América copia de Europa: los «hippies» serán ya un fenómeno americano que copiaremos los europeos.
Los «hippies» nacen del «rock» como los «beats» del «jazz». Si lo uno se nace al aire libre y en festivales multitudinarios, lo otro es un ritual intimista para pocos, en oscuras cavas entumecidas de humos diversos. Si el «beat» se evade en alcohol, el «hippy» lo hace con hierba; y la fuentes de estímulo distintas, maneras distintas de manifestarse, que en ambos casos conocieren en protestar contra el materialismo del «american way of live». En ello reside el parentesco, de padres a hijos, entre «beats» y «hippies».
Los «beatniks» son los últimos bohemios urbanos, literarios, tertulianos de café, cenáculo y lectura poética; los «hippies» son vagabundos, bohemios en el sentido gitano: variopintos, faranduleros, viajeros, decidores de suertes, portadores de amuletos, hijos de la antigua sabiduría hermética deformada y aprendida de memoria. Los «beatniks» -Ginsberg, Snyder, Kerouac- dieron carta de naturaleza al movimiento «hippy» en el histórico «be-in» de Golden Gate Park en San Francisco en 1966, donde, para solemnizarlo, aparecieron los Beatles y Dylan.
Dylan es el eslabón perdido entre «beatniks» y «hippies», el mediador de dos generaciones, porque, por edad e influencias, está entre ambas. Nutrido en los poetas, se expresa con los «rockeros»; toma lo mejor de dos sensibilidades y las aúna en letra y música. Lennon también lo intenta, pero le sale mejor el elemento musical que el poético. Lennon ya habla con el surrealismo del LSD, Dylan aun protesta con la indignación moral de los existencialistas. Esa indignación, en América, estalla a la luz pública con la lectura de Howl, por Alan Ginsberg, el 13 de octubre de 1956 en la Six Gallery de San Francisco, con tumultuosas respuestas. En este acto leyeron poesía Ginsberg, Snyder, Lamantia, Whalen. McLure y Rexroth y se dio a conocer la sensibilidad «beat», que venía formándose en el Este desde el final de la guerra mundial.
Ginsberg, en el poema Howl, y Kerouac, en la novela On the road, escrita en 1951 y publicada en el 57, expresan la protesta y el anhelo vital de la nueva generación americana. Detrás de ambos hay un inquietante personaje, graduado de Harvard en el 36, iniciado a la morfina, macilento, de aspecto insano y alerta, una especie de cura relapso, inquisidor, con su jersey de cuello alto y ridículo sombrerito. Isaiah Berlín dice que en el trasfondo de Tolstoi deambula el pensamiento de Joseph de Maistre, detrás de Ginsberg y Kerouac está la sombra de William Burroughs, que los conoció en el 44 y les animó a ser escritores. En 1953 Burroughs publicó Junkie o las confesiones de un adicto irredento. Marcho a Lousiana y luego a México, donde, borracho, mató a su mujer de un tiro. De allá se fue a Tánger, donde escribió Naked Lunch, publicado en 1959.
Kerouac escribió On the road para contarte su vida a su segunda mujer, en tres semanas a base de bencedrina y café, en un rollo de teletipo de 40 metros. Era abril de 1951; no encontró quien se lo publicara hasta 1957.
Hay solamente otros dos personajes que me interesan en esta generación: Gary Synder y Lawrence Ferlinghetti, aparte de Kenneth Rexroth, introductor de embajadores y comadrona de todos ellos. Hay otros dos, notables, pero de los que no he sacado gran cosa: Gregory Corso y Michael McLure. Supongo que de Corso sí sacó algo Quim Monzó, pues en 1958 Corso publicó Gasolina (nuestro desfase cultural se ha reducido, por tanto, a solo veinticinco años).
McLure me cae bien por sus buenos modales y aspecto distinguido en medio de todos estos exagerados pioneros. Además, y característicamente, ha envejecido bien, como Ferlinghetti, cosa que no se puede decir ni de Corso ni de Kerouac, que murió alcoholizado en 1969.
Gary Synder
A Gary Snyder no le conocí personalmente, porque vivía, y vive aún, en las montabas de la sierra californiana. De todos es quien más me interesa. Snyder aparece en esta generación de la mano de Rexroth, que se lo presenta a Ginsberg en 1955, cuando éste estudiaba en el departamento de literatura inglesa en Berkeley: A bearbed interesting Berkeley Cat, lo describió Ginsberg. Snyder leyó sus poemas el día de la Six Galery y Kerouac lo incorporo, con el nombre de Japhy Ryder, a su novela Los vagabundos del Dharma. Snyder se doctoró en Berkeley con una tesis sobre el mito en la literatura, se interesó en el zen y se fue a Kioto a practicar za-zen durante doce años. De regreso a California en 1969, se instaló en las sierras, donde vive y compone poemas que le valieron en 1977 el premio Pulitzer. Su libro de ensayos Earth Household me impresiona tanto o más que sus versos.
Snyder es un tipo enjuto, ojos claros, aspecto de trampero del Canadá, larga cabañera recogida como el legendario Wetzel o Davy Crocket; es como un Allan Watts en pionero. Snyder, quizá por vivir en las Montañas Rocosas y aplicar en su vida las ideas que escribe, es una figura digna, muestra viviente de les ideales de una generación que ya está desapareciendo, si no ha desaparecido del todo.
Ken Kesey jugó un papel destacado en el nacimiento de la contracultura. Con un grupo de amigos que se autodenominó The Merry Pranksters compraron un autobús de colegio, lo pintaron de modo psicodélico y cruzaron USA desde California hasta Nueva York para saludar a Jack Kerouac. Por el camino repartían ácidos e incitaban al desmadre. Kesey, que fue arrestado y juzgado para que se le pasaran las ganas de incordiar, escribió un libro excelente, Alguien voto sobre el nido del cuco, del cual Jack Nicholson hizo una interpretación cinematográfica memorable. Kesey se esfumó de la escena en 1970 y se retiró a una granja de Oregón.
Yo te vi aún en una conferencia multitudinaria que pronuncio en el estadio de la Universidad en el verano del 69. En esa época aún deferida el ácido y la marginación. Luego pasó de todo y se metió a granjero, otra víctima del subconsciente pionero que pervive en un trasfondo de muchos americanos.
A mí, que quien realmente me gusta es Proust, ¿cómo va a gustarme Kerouac? Ni me interesa lo que cuenta, porque es sórdido, ni cómo lo cuenta, porque es abrupto y desaliñado. Está claro que el estilo de Proust va mejor al tipo de refinados sentimientos que preocupaban a gentes como él, y que estas sutilezas no existen ya en la gente de ahora ¿Se puede contar la tristeza de la morfinomana mexicana y prostituta con el estilo elegante y cadencioso de Los placeres y los días? No. ¿Se puede narrar algo que no sea sórdido y brutal? Sí, pero a una minoría. No me interesa el tema ni el estilo de Kerouac; menos lo segundo que lo primero. Flaubert tomó el caso banal de un ayudante de su padre para demostrarse a sí mismo que un tema, que no le gustaba y le parecía sórdido, podía narrarse en estilo elegante hasta conseguir belleza, como Baudelaire con sus Flores del mal. ¿Por qué no es posible hacerlo ahora?
La voz de Kerouac es un eco de Joyce, pero un eco descafeinado, de From drains, clefts, cesspoots, middens, arise on all sides stagnant fumes del Ulises, el tono baja a Pretty girls are dashing over gutters full of pods. La voz es perentoria, enérgica, pero abusa del juego consonarte en aliteración constante (como ésta), así: Never dreamed to redeem, o peor aún Warning efect and warm affect. Es un estilo entre telegrama y apóstrofe, «Breathless», «Á bout de souffle», que arrastra al lector y le lleva en volandas, lo cual no es nada fácil -véase Larva-y es un mérito que no le negare a Kerouac. Pero para eso prefiero tomorrow and tomorrow and tomorrow.
Where have all the flowers gone?, se preguntaba la canción de protesta en los años sesenta. Eso nos preguntamos todos vente años después. De «hippies» hemos llegado a «yuppies», pasando por los «punks»: bandazos culturales en el mar revuelto de los países posindustriales. Nada se sedimenta. El entusiasmo «hippy» se marchitó porque chocaba frontalmente con el estilo de vida y los valores de la sociedad de consumo, del mismo modo que su exuberancia sensualista repugnaba al materialismo estajanovista soviético. Los «hippies» quedaron como una propuesta no realizada que sólo sirvió para suavizar en alguna manera las costumbres puritanas de la cultura industrial. El excederte de represión, innecesario en los opulentos sesenta, se redujo para pasar a una sociedad algo más permisiva, menos agresiva, un poquito más hedonista. Muy poca cosa comparada al proyecto global de los «hippies» que tenían propuestas alternativas en todos los aspectos, desde la forma de trabajo, hasta como hacer el amor, pasando por casa, comida, familia, religión, arte, filosofía. Todo se marchito a partir de los setenta, por presión de la sociedad, persecución del Gobierno, envejecimiento de los «drop-outs», fracaso de las comunas, comercialización y cansancio. No hay cosa más penosa que un «hippy» viejo. Pero creo que los problemas vitales y filosóficos planteados por la contracultura «hippy» seguirán vigentes durante décadas para los adolescentes de nuevas generaciones. Su rebelión fue un rechazo acompañado de alternativas positivas, cosa que no aportan los descontentos «punk», los apáticos pasotas, ni los integrados «yuppies». Los «hippies» son una protesta pendiente, no superada. Fueron años que marcaron a muchos. De mí se decir que sin ellos no hubiera quemado las naves para retirarme a Cinc Claus dedicado al sanguinario oficio de escritor. 
Ahora hay quien afirma que vuelven los años sesenta; la idea me parece tan hermosa que me resisto a creerlo. Quizá se está confundiendo la forma con el fondo, y quizá, por el vaivén generacional, lo que se aborrecía en los ochenta, se acepta con interés en los noventa Si es cierto que vuelven los sesenta y vuelven con todo eso que llevaban dentro, quizá estamos ante la posibilidad de una alternativa potente al árido y descorazonador proyecto de la modernidad.
Luis Racionero
Blanco y Negro, 3 de enero de 1993, pp. 4-7.


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Domingo García-Sabell: "Los intectuales y las drogas" (ABC, 16 de abril de 1978)


LOS INTELECTUALES Y LAS DROGAS
THOMAS de Quincey ingería opio en forma de láudano -extracto de opio disuelto en alcohol- para liberarse de las neuralgias y de ciertos malestares gástricos que de continuo le atormentaron. El opio era para él un excelente anodino, esto es, un calmante del dolor, y ese constituiría su «primary and immediale object». Pero el fármaco resultó una revelación además de un analgésico. Por de pronto, y según De Quincey, le defendió de la tuberculosis, contra la que constituiría un auténtico específico. (De tuberculosis había muerto el padre del escritor)
Por otra parte, la droga no tendría efectos estupefacientes, sino todo lo contrario, a saber, contribuiría de modo dicaz a abrir «las estancias del cerebro humano» para lo que es infinito, para esa extraña dimensión, apenas entrevista de la existencia. El opio haría que penetrasen, en «Los respetos de la misteriosa cámara oscura» de la muerte dormida, la capacidad de soñar, el corazón, el ojo y el oído, silentes pies de trascendencia. Así, paulatinamente, se dio un paso literario importante: el deslizamiento desde lo material -eliminar trastornos físicos- a lo anímico ampliar por vía química -el campo de la conciencia-. «Las confesiones de un inglés comedor de opio» fueron el resultado tangible de ese deslizamiento. Un libro admirable. Una obra prima de la prosa inglesa. Y, también, un precedente sugestivo. De Quincey va a tener sus seguidores. Unos, ilustres. Otros, innominados. Todos buscando, con literatura o sin ella, sabiéndolo o sólo adivinándolo, la droga que puede obsequiar con «la serenidad sin nubes» de los afectos y con la luz espléndida del «majestuoso intelecto». Ya tenemos a la gente embarcada hacia las supremas vivencias. Todo ello va a ser muy brumoso, sumamente romántico y nada racional. Pero esto, justamente esto, da a la droga -opio, morfina, éter, cocaína, etcétera- su atractivo peculiar. Nadie acierta a definir lo que ocurre, pero todos están conformes -los que se drogan y los que no se drogan- en que aquello es interesante, distinto y. en cierto sentido, valioso. Comienza la fase «snob» de los estupefacientes. La de «las llaves del Paraíso». Con unas u otras formulaciones, esta actitud ha persistido hasta nuestros días. Antes de Thomas de Quincey, en Coleridge, el opio operó una transustanciación poética, por momentos maravillosa, y el fenómeno también ayudó y preparó el terreno para las apologías posteriores.
La mesura y la indiferencia
Con todo, en esa época se inicia un cambio notable. Surge Baudelaire. Hay en el poeta una inmensa clarividencia. Sus escritos en torno a los paraísos artificiales parecen mostrar un claro designio moral No nos engañemos. Bajo las severidades aparentes yace un oculto amor a la droga. Las descripciones de la ebriedad por el haschich son estremecedoras -y atractivas-. La «exasperación de la personalidad», «los sonidos que tienen color», «la eternidad que dura un minuto», todo lo que produce la ingestión de dawamesk, una confitura de haschich preparada con azúcar y diversas sustancias aromáticas, desemboca en lo que los orientales denominan el kief, esto es, «una beatitud calma e inmóvil, una resonación gloriosa», cuya última culminación puede ser la ilusoria capacidad de sentirse divino «Je suis devenu Dieu! », grita el poseído por la droga. Y es inútil que luego Baudelaire insista sobre «el carácter inmoral del haschich». La apología ahí queda. Jordán subraya este matiz propagandístico qué «Los Paraísos artificiales» del poeta sin duda exhiben. Yo añado que hay en el afán ético del escritor una cierta petulancia, artificiosa y fría, que no nos convence ¿No cae acaso el en el vicio psicológico que tanto le molestaba el de ser uno más entre los «fanfarons de sobriété?»
En el fondo, asoma aquí la quiebra de los valores religiosos. Ya Malraux lo ha certificado cuando los dioses mueren y los sistemas de valores se hunden el hombre no encuentra más que una cosa, su cuerpo. La droga, como el sexo y la violencia, es uno de los sustitutos naturales de la desaparición de Dios
Pero también ahora aparece un nuevo personaje que oscila entre la entrega incondicionada y la repulsa sistemática. Se trata de un tipo curioso: es el de quien se acerca al mundo de los paraísos artificiales, los ensaya y, con toda tranquilidad vuelve al ritmo y al estilo de vida cotidiano. ¿Quién, entre los intelectuales? Gautier Nada menos que Gautier, el exquisito, el estilista, el puro, Gautier acude a las reuniones donde se consume el dawamesk -el famoso hotel Pimodan- prueba la suerte y, dándole la espalda, se reintegra, modoso, burgués y efectista, a sus habituales menesteres. Gautier no cae en la trampa, no pica. Se queda extramuros de los ambientes refinados y decadentes. Claro que él era también un decadente, pero a su manera, estudiada y calculadora. Cuidaba el tipo y. en el fondo, no le empujaba hacia la droga ningún ansia profunda. Apurado en las sensaciones, era normal en las causas.
Hay, pues, todo un mundo distinto entre un Quincey, o un Baudelaire, y un Gautier. Es el grano de mesura, o de indiferencia, que separa la obsesión morbosa del empeño tranquilo.
La embriaguez a todo trance
Mas los tiempos evolucionan. De una parte, la postura quinceyana va exacerbándose y alcanza, en nuestra época, cimas de inusitada virulencia.
Al opio, a la morfina y al haschich van a suceder, entre otros, el LSD y la heroína. Una cohorte de seguidores será el máximo resonador de esta nueva agudización: la caravana extra-vagante de los hippies.
Se trata, en principio, de huir de la realidad circundante y de encontrarse con uno mismo, con la propia identidad. Para ello está, antes que nada, el amor, o quizá fuera más exacto decir, la práctica erótica. Y si el amor no llega, ahí está la droga, la que sea. La droga produce ebriedad. La ebriedad, a su vez, el salto por encima del mundo circundante. La «salida». El «despegue». En suma, el «viaje». ¿Por qué se trata, precisamente, de un «viaje»? Pues porque la experiencia que subsiste por debajo de las drogas es la del cambio en la percepción del tiempo. Parece como si el individuo tuviera el poder taumatúrgico de dominar al tiempo. De salirse del tiempo. Un movimiento de la mano, un leve gesto, y el tiempo se pone a saltar alrededor del visionario. Un mínimo pestañeo, una pequeña inclinación de cabeza y el tiempo, que se iba, remansa, quieto y extrañamente impávido como la superficie de un lago. Pero, de todas formas, la criatura humana sumergida en el difumino del estupefaciente, no es capaz de salirse del devenir cronológico. Pues el hombre es él mismo, tiempo en-carnado. Sólo cuando abandona la vida e ingresa en la muerte, el tiempo ya no está en su ser el cadáver es presencia, pero no es presente
El deseo de convertir lo transitorio en estable empuja a los jóvenes a insistir a todo trance en el uso de las drogas. Goethe ha dicho que la juventud es «la borrachera sin el vino». Ahora esta afirmación adquiere un tinte sombrío y profético. Porque ahora ser joven, para estos mozos, es aspirar a la embriaguez continua sin vino, pero con otros medios más poderosos y más letales. Inútil intento et suyo de atrapar desde lo fugitivo lo que es permanente. Y desde la pura contingencia, la dimensión transcendente. A final de cuentas, es volver a los anhelos irracionales del romanticismo literario. Ellos hacen literatura de sus especificas existencias y desprecian, con una superioridad irritante, la literatura que está depositada en los textos ilustres. Vivir, para ellos, es fundirse en la vida sin palabras de la Naturaleza. Con-fundirse. Anonadarse.
Los intelectuales fríos
Por el lado de esta agudización de la servidumbre a las drogas, asistimos últimamente a la entrega condicionada, aséptica y positiva. Los intelectuales ya no buscan la sensación absoluta y, con ella, la abolición del tiempo Para ellos, el tiempo no ha muerto.
Muchos indicios nos mueven a creer que, poco a poco, el escritor de nuestros días, contagiado de cientificismo puro, se acerca a las drogas e indaga en ellas con el espíritu y la mente de un hombre de laboratorio. Cata el estupefaciente y analiza dentro de sí los efectos anómalos. Elimina la literatura -que tantas veces se asemeja curiosamente a la declamación- y con toda objetividad intenta apresar los datos de su propia experiencia.
Ahora nace el estilo positivo frente al estilo romántico de los predecesores. Coleridge pretendía hacer prosélitos. Quincey aclarar ciertas vivencias superiores. Gautier fabricaba una conducta hedonista. Baudelaire, era, a su modo, un metafísico -y esto ha sabido verlo muy bien Laín Entralgo-. Coleridge tenía miedo, un miedo feroz a morirse durante el sueño. Y esto le indujo, según propia confesión, a consumir grandes cantidades de láudano
Pero ahora viene Aldous Huxley, se traga cuatro decigramos de mescalina disueltos en agua y, más tarde, registra con todo cuidado los cambios que en su interior se desarrollan. El resultado son dos pequeñas monografías en las que hay finísimas observaciones, autoprospecciones sutilísimas -y, a pie de página, citas bibliográficas muy exactas-. Ambas monografías constituyen ensayos bien formalizados y bien expuestos. De una claridad tan soberana que casi nos hace sospechar si realmente Huxley se drogó o imaginó que se drogaba. Yo no dudo, ni por un instante, de su honestidad. Lo que acontece es que algunas de sus más pertinentes testificaciones ya están, más o menos expresas, en los predecesores. Recuérdese, si no. la intensidad de la contemplación de cualquier objeto de unas simples rayas coloreadas, bajo el efecto de la mescalina. Entonces, todo en la Naturaleza se torna locutivo, inmensamente expresivo, con un lenguaje que va más allá de cualquier estructura verbal. Es lo que el novelista inglés denomina «the sacramental visión of the reality». Esa visión, por ejemplo, en Gautier, le encamina a favor de la ingestión de haschich a «escuchar el ruido de los colores». Y a afirmar esto tan de nuestro tiempo: «Sonidos verdes, rojos, azules, amarillos me llegaban por ondas perfectamente distintas».
La «percepción sacramental», de revelación y purificación totales, alcanzaron, pues, a los dos escritores. Pero la diferencia es ostensible: Gautier compone textos literarios, fantasías de base química más o menos transfigurada. Desdoblamientos estéticos, estilizaciones de raras vivencias, y nada más. Huxley, por el contrario, somete a neutra disección lo que ha experimentado y, con paciencia de entomólogo, va clavando sobre el cartón los restos de sus específicas, personales alucinaciones. En uno vibra la pasión. En el otro, el conocimiento.
Esta postura de Huxley no es ninguna casualidad, ni constituye ninguna excepción. Hace pocos años, el alemán Ernst Jünger (escritor magistral que está pidiendo a gritos un estudio sobre su obra y su contradictoria persona) publicó un libro dedicado a las drogas. Su título, « Annäherungen», «Aproximaciones». Es una obra espléndida, sin duda fundamental para el entendimiento en profundidad de la significación antropológica de las drogas y de la ebriedad que producen. Un libro extenso, de quinientas páginas, que hay que leer con calma y someter a meditación reposada. No voy a entrar en su estudio.
Solamente me interesa subrayar que la actitud del germano es pareja a la del inglés. También Jünger hinca el diente intelectivo en su propia carne experimentalmente drogada y también él accede a conclusiones similares. Jünger, más amplio que Huxley, usó el haschich, la cocaína, el opio y el LSD. Este último, probado en compañía del descubridor de la droga, Albert Hofmann. Concede Jünger que cualesquiera de estas sustancias tiene poder revelador suficiente para permitirnos columbrar, siquiera sea de un modo transitorio, la cara inaccesible de la transcendencia. Entonces nos encontramos con que la droga despierta, suscita unas posibilidades que van más allá de ella misma, o lo que es igual, que es la llave de reinos cerrados a la percepción normal, pero no es la única. Jünger, precavido y sumamente intelectualizado, duda siempre. Duda incluso contra sí mismo. Contra los testimonios que el fármaco levanta en su alma inquisidora. Pero, con todo, la inquisición persiste y. de alguna manera, da sus frutos. Quizá el mayor, el de la curiosidad acrecida. El de la sed de saber y de existir. No la sed de imaginaciones, sino la sed de certezas.
El fin de los excesos
En esto radica la esencia del cambio que vengo exponiendo. Un cambio riguroso, ceñido y necesario. Los excesos románticos quedan atrás, a pesar del incidental rebrote en la mocedad. La mocedad protesta y aspira a una nueva perfección moral. A la que se oculta tras los tabúes y las convenciones al uso.
Un espíritu que siempre fue joven y que también utilizó el opio y a él sucumbió cierto tiempo. Cocteau, ha dejado escrito esto que bien podría considerarse como el lema de las nuevas generaciones: «Una cosa permitida no puede ser pura». O dicho de otra forma: en toda prohibición hay siempre un elemento de pureza. Una pureza que la vieja sociedad occidental, gastada, deteriorada y escéptica, ve con miedo, con disgusto, con «temor y temblor».
Para vencer este desvío de los mayores, fueron los demás tras la huella engañadora de las drogas. Las usaron, procuraron obtener de ellas rendimiento sustancial. Al comienzo, ese caminar de cara a la posible transcendencia en la que toda identidad se realiza, tiñó la peregrinación con los sombríos colores de lo romántico, de lo inefable, de lo inasible. En consecuencia, la incomprensión se abrió entre nosotros, entre los adultos, como una flor maligna y letal.
Después, y sin la aprobación tácita de los intelectuales, a los que los jóvenes menospreciaban, siguió la procesión de la droga, deshilachada y descompuesta, un tanto decepcionada. Siguió y sigue por pura inercia, por mimetismo, por rutina, por aburrimiento.
Más todo esto se ha acabado. Los escritores se alejan del mundo de la ebriedad artificial o, cuando a él se dirigen, cuando ejercitan ciertas «aproximaciones» para dejar en el trayecto la cabeza fría y la sensibilidad agotada, sin rumbo, maltrecha. Los mensajes no están en ningún fármaco, en ningún anodino. Están, a lo sumo, dentro de nosotros mismos. Y los expedientes para descifrarlos también de nosotros mismos dependen. De nuestro poder de introspección, de nuestra capacidad de encontrarnos, en soledad, con nuestra específica persona secreta. De nuestro poder para destilar conocimiento del aislamiento creador
Los intelectuales como alertadores
Los suscitadores de belleza, los escritores, los artistas plásticos, los músicos, los artesanos de toda índole, han comenzado ya su cuenta atrás. Han comenzado el nuevo juego partiendo de cero. Sin ayudas artificiales, a cuerpo limpio. Ahora inauguran la inédita actitud. Ellos han te nido el valor suficiente para ofrecerse como posibles víctimas y entregar, vivo, el certificado de la aventura. Nada hay que el hombre no pueda alcanzar si atina a no violentar, a no distorsionar sus energías creadoras.
He aquí el nuevo fenómeno cultural. En este momento es apenas un atisbo. Pronto será una plenitud. Soy optimista. Una mentalidad nada irracional inicia su formación germinativa. Contra toda apariencia, contra todo exceso, la vieja «llamada al orden» de los intelectuales recobra sus efectividades. Y, cuando esto sea una gozosa realidad, cuando esto sea una realidad plenaria, ya no hablaremos gratuitamente de salvaciones milagrosas, sino de ordenaciones inteligentes, de tablas de valores dignas de ser seguidas y respetadas. La fisura de las drogas, que no tardará en verse, será uno de los primeros síntomas de la recuperación. Ahora, en estos momentos, caen fulminados por las drogas «duras» infinidad de adolescentes. Son los penúltimos. Quizá los últimos.
¿Por qué? Porque cuando los intelectuales se alejan de esos Edenes, algo nuevo comienza a oírse. Sí, los colores pueden hablar y los objetos más humildes pueden emitir rayos comunicadores de hermosuras jamás sospechadas. Ciertamente. La visión sacramental de la realidad seguirá siendo un hecho innegable. Pero entonces, esa sacra contemplación saldrá de nuestro interior sin necesidad de extraños arbitrios. Pues antes, los hombres de la cultura la han extraído de sí mismos ofreciéndose a las drogas y, al final de todos los esfuerzos, han rematado por darse cuenta de que el procedimiento no valía la pena. Hay otras llaves para abrir el reino de lo sobrenatural, de la sobre-naturaleza. Baudelaire habló incluso de la danza como un medio para lograrlo. O, repito, la soledad fecunda. La soledad a la que nuestros intelectuales nos invitan, desde sus valiosas pesquisas, para que podamos abrirnos a la comunicación incondicionada y al amor, también incondicionado del prójimo.
Domingo GARCÍA-SABELL 
ABC, 16 de abril de 1978, pp.118-121.



martes, 5 de diciembre de 2017

Dos artículos de José María Castroviejo sobre los hongos y sus propiedades [“Los hongos en Galicia” (ABC, 25 de noviembre de 1958) y “Los hongos alucinógenos” (ABC, 10 de octubre de 1965)]


LOS HONGOS EN GALICIA
Una riqueza sin amigos
EN el otoño de la mano llena se condecora el epitafio técnico de las criptógamas con la fantasía multicolor —flores de otoño sobre la breve tierra— de los exquisitos y breves hongos.
Bajo la cúpula de los castaños frescantes, el arpa eólica de los pinares, la intimidad augural de las robledas o la esmeralda, intacta como un crisoberilo de los prados. Toda una larga teoría de oscuras y deslumbrantes plantas entonan y enjoyan la geonutricia de nuestro Finisterre. “Lepiotas proceras”, campestres sombrillas, gratas al romano de suculenta mesa, robusto cuello y quiritario gesto; “cantharellus cibarius”, amarillo grito en forma de copa —del “cantharos” griego—, insuperable compañía para un buen estofado o un revuelto de huevos; “psalliotas campestris”—cultivadas con amor por los franceses—, comunes a todos los guisos; “boletus aerus” y “edulis”, reyes por derecho propio de la gastronomía; “clitopilus orcella”—sombrero ladeado, en el académico griego pedante—, con su exquisito olor a fina flor de harina; “lactarius deliciosus”, que exudan sangre al ser cogidos; “russulas virescens”, que se deslíe bien en el paladar, con un íntimo sabor en el que cabe toda la ecuación del bosque... Pero, cuidado.
Riesgo y ventura
El monje Planudio cuenta cómo Esopo, cuando era esclavo de Xanthus, filósofo griego, fue por éste encargado de preparar la mejor mesa posible para sus amigos dilectos. El contrahecho fabulista tan sólo presentó lenguas, aunque, eso sí, adobadas del más perfecto modo al que podían alcanzar las culinarias artes. Ante los reproches de su amo, respondió Esopo que, a su recto juicio, la lengua era lo que había de mejor en el mundo; órgano de la verdad y de la razón, permitidora de toda clase de relaciones con los semejantes al “homo sapiens”, sin ella no podrían tener existencia cabal ni civilización ni ciencia.
Rezongante y confuso ante la réplica, Xanthus, que no debía ser ajeno al fino humorismo, le pidió para el día siguiente un banquete a base de las peores especies. Tranquilamente Esopo preparó otra larga teoría culinaria de lenguas. Eran, le dijo, lo peor de las cosas, ya que de ellas proceden todas las maledicencias, infecciones y guerras. No sabemos lo que le contestó Xanthus, pero sí sabemos que esto es perfectamente aplicable a los Agáricos, primera noble familia del orden de los “Basidiomycetos”, y, dentro de ésta, al alucinante género de los “Amanitas”.
Ya el romano Claudio, Emperador, halló la muerte por habérsele mezclado arteramente a su hongo predilecto —la “amanita caesarea”— trozos de la “muscaria”, de bello sombreo rojo salpicado de blancos manchones —grato cobijo para los nórdicos enanos de los cuentos de Grimm, que los “Christmas” han popularizado en mil postales—, que solapadamente brota vecina en la otoñada de los bosques. Por cierto que en el Norte de la Siberia y en Kamchatka los indígenas preparan y comen en el largo invierno la “amanita muscaria” previamente desecada y reducida a rollos, que engullen con salvaje gula. La “muscarina” fue el hongo guarda; actúa como un excitante salvaje, alterando su “phisis” y “psiquis” hasta la convulsión y el vértigo. Dicen que es una droga alucinante. Dicen...
Y sobre el fino matiz y la joya del color, el veneno mortal que aguarda a los imprudentes. A los que creen que basta con un conocimiento empírico para la clasificación de los hongos —como en las películas del Oeste— entre buenos y malos, cuando sólo cabe para poder distinguirlos, en el cara y cruz de la vida, la muerte o el retortijón, en el más benévolo de los casos, un elemental conocimiento científico. Como la tonta conseja, causa de tantas desgracias, de la cuchara de plata puesta en contacto con el hongo en cocción y su gratuita bondad a éste, o sin maldad en trueque, si la plata no se ennegrece. Pero no ennegrezcamos, por nuestra parte, demasiado la perspectiva. Las especies cuya toxicidad es temible no son, afortunadamente, numerosas. Pertenecen todas al género “amanita”, del que hemos hablado, y, con un poco de atención, resultan fácilmente reconocibles. La temible “phalloides”—ante la que apetece colocar, como en los postes de alta tensión, calavera y tibias cruzadas—, con su sombrero verde amarillento, cual agua pérfida de pantano absorbente; la “citrina”, con sus verrugas blancas —restos de volva— sobre el limón de la cabeza; la “pantherina”, moteada como la piel de un ágil felino saltante, que no debe confundirse con la “spissa”, que es, como la “rubescens”, la “vinosa” o la preclara “caesarea”, excelente manjar; la citada, peligrosa y bella, “muscaria”...
Las especies mortales son, afortunadamente, escasas; como decimos, son fácilmente reconocibles con un poco de atención y estudio a través de un manual científicamente responsable y de una observación atenta sobre el terreno: color de las láminas, existencia o no de volva, etcétera. Otros hongos, apresuradamente recogidos, pueden producir cólicos o indigestiones, pero no situaciones mortales. Incluso algunos, estimados por ciertos manuales como venenosos, tales como el “boletus luridus” o la “volvaria speciosa”, podemos afirmar, a través de nuestra personal experiencia, que resultan perfectamente comestibles.
Una cosecha abandonada
La campesina gente gallega es, por sistema, enemiga de las setas. El calificativo mejor que éstas le merecen es el de “pan de cobre” o “pan de sapo”, considerándolas como alimento tan sólo idóneo para los repelidos ofidios o batracios. Resulta particularmente sensible esto en una tierra en la que por sus condiciones de humedad y específica composición orgánica proliferan los hongos de tan singular manera.
Boletus” —los famosos y buscados “cèpes”, regalo de gourmets para la dulce Francia— y “cantharellus”—perfumados y exquisitos compañeros de la carne, a la que ennoblecen con su proximidad y amiganza— se muestran en primaveras y húmedos otoños con generosa abundancia. En tal cantidad a veces, que pudieran ser cargados sin hipérbole alguna auténticos carros. Las exquisitas plantas —tan ricas, por otra parte, en albuminoides e hidratos de carbono—, cotizadas “et pour cause”, como dicen en Francia, a alto precio en los mercados, quedan abandonadas en Galicia, hasta su desaparición, como simple ornato de bosque o prado. Son bellas estas flores del humus de otoño, pero, como las rosas, merecen ser recogidas “in tempore oportuno”. Desde el ángulo económico, la simple recogida de su espléndida oferta espontánea, sin que hablemos ahora de un utilísimo y lógico cultivo racional, brinda amplias posibilidades de consumo interno y exportación. Una ayuda orientadora sobre el valor real del “pan de cobre”, que en ingentes cantidades se pierde en nuestro Finisterre, nos atreveríamos a opinar que resultaría conveniente. Existen bastantes entidades oficiales, en relación con el agro, que pueden decir sobre esto la palabra.
José María Castroviejo
ABC, 25 de noviembre de 1958, pp. 43 y 19.
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M. R. Gordon Wasson con María Sabina
LOS HONGOS ALICINÓGENOS

Un poco de historia

SUBIENDO por la Serranía Oaxaqueña, a la sombra de las coníferas de Huantla, un breve hongo, el “psilocybe mexicana”, encierra bajo la fragilidad de su sombrero de escasos centímetros, una capacidad tal de alucinación coloreada que ha conmovido a los micólogos y químicos del mundo de hoy.

Su historia, sin embargo, es precolombina. Los españoles que arriban a la gran Tenochitlán, oyen ya de un hongo, semejante a los oaxaqueños, cuyo nombre; azteca —“Teonanacati”— significa, “carne de Dios”, y que crece entre los pinos y cedrales de las montañas volcánicas que rodean el valle de México.

Fray Bernardino de Sahagún, aquel fabuloso franciscano que no se cansó de aprender, inquirir y curiosear, y que vivió en México desde 1520 y 1590, en el libro X de su “Historia General de las cosas de Nueva España”, escrito en lengua mexicana y traducido luego por él mismo al castellano, nos habla de unos honguillos negros llamados “nanacatl”, que comían los indios en sus convites, con los cuales se emborrachaban, veían visiones y aun provocaban a lujuria. Los tomaban con miel, dice, “y cuando se comenzaban a calentar, unos bailaban, cantaban o lloraban, y otros, que no querían cantar, se sentaban en sus aposentos y allí se estaban como pensativos”. Veían grandes y extraordinarias visiones —unos que vivirían y morirían en paz, otros que se ahogaban en el agua o caían de lo alto, otros que habían de ser ricos y tener muchos esclavos, otros que habían de matar y adulterar “y por ello les habían de machacar la cabeza...”—. Después, pasada la borrachera de los honguillos, hablaban entre ellos de las visiones contempladas. “Al día siguiente lloraban todos mucho y decían que se limpiaban y lavaban los ojos y caras con sus lágrimas”; y más adelante, en el Libro XI, anota: “los que los comen, sienten bascas del corazón y ven visiones a las veces espantables y a las veces de risa: a los que muchos de ellos provocan a lujuria y aunque sean pocos”.

Por otra parte, Francisco Hernández el protomédico de cámara de Felipe II, enviado por el Monarca en 1570 para que clasificase y estudiase las plantas medicinales de la Nueva España, tras seis años de afanosas investigaciones nos deja, en su magna obra “Historia Plantarum Novae Híspaniae”, detalles precisos al respecto. “Otros (hongos) cuando son comidos no causan la muerte pero causan una especie de hilaridad irresistible. Se les llama comúnmente “Teyhninti”. Son de color leonado, amargos al gusto y paseen una cierta frescura que no es desagradable. Otros más, sin provocar risa, hacen pasar ante los ojos visiones de todas clases, como combates o imágenes de demonios. Otros más, siendo temibles y espantables, eran los más buscados por los mismos nobles para sus fiestas y banquetes, alcanzaban un precio extremadamente elevado y se les recogía con mucho cuidado; esta especie es de color oscuro y de cierta acritud.

Estudia asimismo el tema Juan Badiano, traductor al latín de una singular obra —existe una maravillosa edición contemporánea— escrita originariamente en “náhuatl” por Martín de la Cruz, que porta el título de “Libellus de medicinabulís indorum herbis”.

Estas extrañas criptógamas excitan la repulsa del vehemente fray Toribio de Motolinia, cuyos “Memoriales” son fuente primordial para el conocimiento de la historia de Méjico. El buen fraile las asocia directamente con el diablo, viendo en el rito indígena de ingerir los hongos sagrados una semejanza con el cristiano de la Sagrada Comunión: “Tenían otra manera de embriaguez: era con unos hongos o setas pequeñas, que en esta tierra las hay como en Castilla: mas las de esta tierra son de tal calidad, que comidas crudas y por ser amargas, beben tras ellas y comen con ellas un poco de miel de abejas; y de allí a poco rato veían mil visiones”... "A estos hongos, termina, llámandolos en su lengua “teunamacatlh”, que quiere decir carne de Dios o del Demonio que ellos adoraban y de dicha manera con aquel amargo manjar su cruel dios los comulgaba.

Luego comienza a descender sobre las drogas mágicas —lo mismo los hongos que la raíz del peyotl— el olvido. El Santo Oficio persigue su uso y sólo se ocupan de ellas las brujas y curanderas, que las ingieren en secreto en un ambiente religioso y mágico, en el que entran la comunión con la naturaleza y la evasión de la realidad circundante en alucinantes visiones coloreadas. Las referencias a los hongos terminan en 1726.

El nuevo descubrimiento

Un banquero y etnólogo norteamericano, M. R. Gordon Wasson y su mujer, la doctora Valentina Pavlovna Wasson, son los que, en nuestros días, sacan a luz y ponen en circulación de nuevo los hongos alucinógenos mejicanos. Acaba de nacer una nueva ciencia: La etnomicología que Roger Heim, director del Museo de Historia Natural de París y observador sobre el terreno de los extraordinarios pequeños hongos, hace destacar exaltando la obra de los dos etnólogos neoyorquinos, llegados a Méjico en 1953 para reanudar la notable investigación emprendida por nuestros frailes y naturalistas del XVI.

Como fruto de esta investigación surge un notable libro prologado por Heim —“Les Champignons Hallucinógenes de Méxique”. Editions du Museum National d'Histotire Naturelle. París, 1956— que despierta la curiosidad de la ciencia moderna y que hace que en el pabellón de Francia de la Exposición Internacional de Bruselas figuren, al lado de los estudios sobre el uso pacífico de la energía atómica, los hongos de Oaxaca[1]. Aldous Huxley y Antoain Artaud investigan a su vez sobre la materia y el doctor Albert Hoffman, de los laboratorios Sandoz, de Basilea, demuestra que el principio activo de estas criptógamas, la “psilocibina”, produce efectos similares al ácido lisérgico.

En la sierra Mazateca vivía desde hacía años una lingüista y misionera también norteamericana, Eunice Victoria Pike, con la que se ponen en contacto los esposos Wasson, acompañados por su hija Masha y el ingeniero Robert Weitlander, guiándoles a su vez aquélla en el mundo misterioso de los indios oaxaqueños y de los hongos sagrados. Comienza la gran aventura.

El éxtasis coloreado

Fernando Benítez, en un recientísimo y sugestivo libro —“Los Hongos Alucinantes”, Ediciones Era, Méjico D. F., 1964—, nos relata, día por día, los contactos de estos redescubridores con la india María Sabina, que desde el ámbito de la magia es la principal introductora de los visitantes en el extraño mundo de los éxtasis y las visiones alucinantes.

¿Qué tremendos ritos y dioses antiguos se mezclan en la comunión de estos hongos con devociones cristianas hasta transformarse el mismo que las ingiere también en un dios? ¿De dónde deriva el estado de absoluta pureza de que debe estar impregnado el que se aproxima al altar en el que se pasan, como una custodia, los hongos sobre el plato, rodeados de flores y estampas católicas, de la Virgen, de San Miguel o del Señor Santiago? Confusión de confusiones, en esta extraordinaria y auténtica medicina mágica, en la que sus oficiantes, como en los siglos, bucean a través del espíritu y la naturaleza en los abismos más insondables del alma humana.

Todos están de acuerdo en que María Sabina es una mujer extraordinaria. El doctor Roger Heim nos habla de su “poderosa personalidad” y Gordon Wasson, al relatamos su primer encuentro con ella nos dice: “La señora está en la plenitud de su poder y se comprende por qué Guadalupe nos dijo que era una señora sin mancha, inmaculada, pues ella sola había logrado salvar a sus hijos de todas las espantables enfermedades que se abaten sobre la infancia en el país mazateco y nunca se había deshonrado utilizando su poder con fines malévolos. Nosotros hemos comprobado que se trata de una mujer de rara moral y de una espiritualidad elevada al consagrarse a su vocación.

Pero ya comienzan las preces, ese lenguaje esotérico llamado por los sacerdotes “navaltocaitl”, que es el idioma de la divinidad. Su traducción no es fácil: Alerta al éxtasis:

Soy una mujer que llora — Soy una mujer que habla — Soy una mujer que da la vida...

Cambia el ritmo:

Soy Jesucristo — Soy San Pedro — Soy un Santo — Soy una Santa — Soy una mujer del aire — Soy una mujer de luz — Soy una mujer pura — Soy una mujer muñeca.
Soy el corazón de Cristo — Soy el corazón de la Virgen — Soy el Corazón del Padre.
Soy la mujer creadora — Soy la mujer que se esfuerza — Soy la mujer estrella — Soy la mujer del cielo,”

María es analfabeta y su sensibilidad así como sus predicciones —Wasson relata emocionado lo que certeramente predijo acerca de su hijo residente en Estados Unidos y a quien no conocía de nada— radica absolutamente en el mundo de la magia. La magia azteca que hunde sus raíces en Quetzacoatl, Tlaloc y los dioses crueles, y que llega, en extraña metamorfosis, a empaparse de emoción cristiana. Los hongos se presentan ahora ante María como niños: Niñas con violines y trompetas, niños que cantan y bailan a su alrededor. El tema de la pureza sigue obsesionante.

Soy una mujer limpia — El pájaro me limpia — El libro me limpia — Flores que limpian mientras ando — Agua que limpia — Porque no tengo basura — Porque no tengo saliva — Porque no tengo polvo — Porque él no tiene — Porque ésta es la obra de los santos — No tengo oídos — No tengo pezones.

De pronto en el éxtasis, una afirmación rotunda:

“Soy conocida en él cielo
Dios me conoce.”
Para terminar con poética y desgarrada tristeza indiana:
Oye luna
Oye mujer-cruz del Sur
Oye estrella de la mañana.
Ven.
Cómo podremos descansar
Estamos fatigados
Aún no llega el día...
Las palabras, como los remedios y los avisos, brotan creadas por hongos, como brotan éstos en el “humus” tras las redondas lluvias del otoño. Existe un lado místico y otro concreto y real de “viaje al cielo” que lleva a los trances aberrantes, en palabras de Mircea Eliade, que también estudia este fenómeno[2].
Al final será la Invocación al Espíritu Santo, “su guía y su fuerza, que la conducirá a la reglón de las muertes y le descorrerá el velo que oculta el porvenir”.
El doctor Fernando Benítez nos relata en el apasionante libro, ya citado, “Los Hongos Alucinantes”, su personal experiencia con el 'ntl1 sí3 tbo3el que brota” en metáfora mística (en lengua mazate 1 es el sonido más elevado y 4 el más bajo, el apóstrofe representa una pausa glótica).
Fue una experiencia atroz, de la que salió dolorido y deslumbrado, azotado y lúcido, cargado de electricidad y ligero como una paloma. ¡Qué extraordinaria nueva “Pipa de Kif” escribiría don Ramón del Valle Inclán de haber conocido esta experiencia, o, mejor, qué nueva “Lámpara Maravillosa”! Benitez vio en color el mundo pasado y presente. El futuro se le presentó terrible, como visión de Patmos. Viajó por espacios siderales entre músicas lucidísimas. Se vio, temblando, dentro del punto Omega del P. Teilhard de Chardin. Vio el “Aleph”, de Borges, desvelando tremendamente el secreto de la vida en segundos. Vio jardines y lagos de ensueño. Estuvo en las más altas cumbres del éxtasis y descendió a Infiernos abominables, con viboritas onduladas de ojos verdes y rojos que pinchaban como alfileres: Un mundo filiforme, de gelatina blanca, de pólipos, de gusanos entre un hervidor de podredumbre.
Los mismos gusanos que nos describe fray Toribio de Motolinia en el XVI, al hablar así de estos hongos: “y de allí a poco veían mil visiones y en especial culebras; y como sallan fuera de todo sentimiento, parecíales que las piernas y el cuerpo tenían llenas de gusanos que los comían vivos”.
Conoció los volcanes y las estrellas más remotas y hermosas, el Cielo y el abismo, la pureza y la abyección. Amó en las cimas que el éxtasis invade, rió, lloró y sufrió inmensamente. Nos lo cuenta aún temblando...

José María Castroviejo
ABC, 10 de octubre de 1965, pp. 39, 43 y 47.




[1] Valentina Pavlovna Waason y R. Gordon Wasson, son autores de otra monumental obra en dos tomos: “Mushrooms, Russia and History”, publicada en 1957 por el Pantheon Books de Nueva York. Los aspectos etnológicos y lingüísticos de los hongos de México se encuentran ya tratados en dos capítulos de este extraordinario libro al estudiar las posibles migraciones de Siberia.
[2] Mircea Eliade, “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”. Fondo de Cultura Económica. México. 1960.